Día del trabajo
Imagínense ustedes vivir a mediados del siglo XIX. Son ustedes empleados en una maderera, en una cervecería, en una acerera. Son mineros de carbón de hierro, de estaño. Trabajan ustedes 12 o hasta 16 horas por un salario miserable, en condiciones insalubres, siete días a la semana, sin conocer de seguridad industrial ni siquiera el nombre. Si se accidentan, mala suerte. Si mueren, mala suerte. La única prestación que tienen, si se le puede llamar prestación, es el permiso de beber del pozo de agua de la compañía. "La mugre es dinero" es el lema de las grandes compañías. Voces se alzan sobre la multitud cansada, abatida y desmoralizada. Piden una jornada de trabajo de 8 horas, un día de descanso, un salario justo. El descontento social se hace notar cada vez más.
Pronto los trabajadores comenzaron a unirse en búsqueda de mejores condiciones laborales y un trato justo. El primer movimiento sindical del que se tenga noticia que logró avances significativos en las relaciones obrero patronales tuvo lugar en Canadá, en abril de 1872.
En ese entonces, los sindicatos eran considerados ilegales, y las autoridades canadienses trataban de reprimirlas, incluso apelando a leyes que trataban a los sindicatos como "conspiración criminal", en una época en que en Gran Bretaña ya se habían abolido dichas leyes.
A pesar de los obstáculos, una asamblea de trabajadores comenzó a cobrar notoriedad y se convirtió en un importante poder en Toronto. Era la voz de quienes no tenían voz, fomentando la formación de sindicatos y denunciando la explotación de los trabajadores. Incluso llegó a mediar entre obreros y patrones. Pronto la Unión de Trabajadores llegó a agrupar a 27 sindicatos, entre ellos los de trabajadores de metal, constructores, madereros, tipógrafos, panaderos y cigarreros.
La Unión organizó una marcha, que tendría lugar el 15 de abril de 1872, para demandar la liberación de 24 líderes del Sindicato de Tipógrafos de Toronto, que habían sido encarcelados por el "crimen" de hacer huelga. ¿La petición de los tipógrafos? Un día de trabajo de 9 horas. 10,000 personas tomaron las calles el día de Acción de Gracias canadiense. Los sindicalistas avanzaron por las frías calles de Toronto acompañados por cuatro bandas musicales, Se dictaron discursos en los cuales los sindicalistas pedían la libertad de sus compañeros del Sindicato de Tipógrafos y mejores condiciones laborales para todos los trabajadores.
La manifestación en Toronto inspiró a los líderes en Ottawa para realizar un evento similar. Para el 3 de septiembre de 1872, siete sindicatos marcharon en la capital del país, encabezados por una banda de artillería y flanqueados por los bomberos de la ciudad. El desfile pasó frente a la casa de Sir John A. MacDonald, primer ministro, quien fue puesto en un carro y llevado al Ayuntamiento, donde, a la luz de una antorcha, prometió eliminar esas "barbáricas leyes" invocadas para encarcelar a los tipógrafos en Toronto. Y el Primer Ministro cumplió su promesa. Antes de que terminara el año las leyes habían sido abolidas en los estatutos legales de Canadá.
En 1881 se formó el Consejo de Comercio y Trabajo de Toronto, reeemplazando a la Asambles de Comercio de Toronto; el TTLC tuvo un papel importante en la fundación del Congreso Canadiense del Trabajo en 1883.
En vista de las favorables conquistas que los canadienses habían obtenido, en los Estados Unidos se intensificó el movimiento a favor de los derechos de los trabajadores. Éstos se resumían en una frase muy sencilla: "Ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa."
Surgieron voces que llamaban a huelga para obtener mejores condiciones de trabajo. La más importante es, sin duda alguna, la de Albert Parsons, líder de la organización laboral "Caballeros del Trabajo de Chicago" y fundador del Sindicato Obrero Central, organización que cuenta co 12 000 afiliados. Parsons exige en febrero de 1886 la implementación de la jornada laboral de 8 horas, y convoca a todos los trabajadores de la ciudad de Chicago a realizar un paro laboral si esta demanda no se cumple antes del 1 de mayo. La respuesta no se hizo esperar. Para marzo, los sindicatos de ebanistas, maquinistas, gaseros, ladrilleros y estibadores tomaron la decisión de apoyar la huelga. Para abril, 35 000 trabajadores de los corrales votaron en favor de la huelga. Inmediatamente se unieron los sindicatos de albañiles, carpinteros, jugueteros, zapateros, empleados de comercio y tipógrafos. En total, alrededor de 65 000 trabajadores, sólo en Chicago, estaban a favor de obtener una jornada de ocho horas, o se irían a la huelga. Para finales de abril 20 000 trabajadores ya habían logrado esa importante conquista laboral.
El primero de mayo de 1886 es sábado. Es un día hábil y laborable, pero no lo parece. Las fábricas amanecen quietas. Los almacenes y mercados de la ciudad, ayer bulliciosos, amanecen en silencio. Las construcciones están totalmente detenidas. No hay ni un alma en corrales y rastros. Las calles están vacías. Chicago parece ser una ciudad fantasma, excepto alrededor de la Avenida Michigan.
Parsons en persona dirige una manifestación de 80 000 trabajadores a través de las calles de Chicago. Solicitan la reducción del horario laboral a ocho horas diarias. El gobierno está alerta y preocupado: hay 1300 miembros de la Guardia Nacional, junto con cientos de policías, buscando la ubicación ideal para actuar si las cosas se salen de control. La manifestación es pacífica. Se pronuncian discursos en bohemio, alemán, polaco e inglés. Albert Parsons y August Spies, inmigrante alemán, anarquista y director de un periódico laborista, hablan al final. Termina el acto, y comienza la desconcentración.
Las manifestaciones continúan los días 2 y 3 de mayo. Al igual que los días anteriroes, la marcha se realiza con total orden y respeto. La desconcentración del día 3 hubiera sido pacífica si varios obreros despedidos de la fábrica de maquinaria agrícola MacCormik Harvester no hubieran peleado con unos 300 esquiroles que salían de trabajar en el momento de la desconcentración. La policía se hizo presente y comenzó a disparar, con saldo de seis trabajadores muertos y varios heridos. Spies, que fue testigo del episodio, lanza un desplegado en su periódico y reúne a varios dirigentes sindicales, con los que organiza para el día siguiente un acto de protesta contra la violencia policial en la Plaza Haymarket. Se convocó a una reunión masiva en la noche del 4 de mayo de 1886 en el mercado Haymarket de la ciudad, con el propósito de protestar por la brutal acción policiaca de los días anteriores. Spies, Parsons y Samuel Fielden fueron los oradores en Haymarket, ante 2 500 trabajadores.
Los comerciantes e industriales de Chicago estaban asustados por las enormes movilizaciones, pues vieron en las manifestaciones el inicio de una "revolución". Consiguieron que se movilizara a la Guardia Nacional, que se aumentaran las fuerzas policiales y se fundara un cuerpo especial de represión. El Chicago Tribune llegó al extremo de reclamar que se colgara "el esqueleto de un anarquista en cada poste" y concentró sus fuegos sobre Parsons y Spies como los mayores responsables del movimiento a favor de la jornada de ocho horas.
Y es que lo eran. Era una petición moderada y justa. La principal (la única) exigencia era reducir la jornada de trabajo a 8 horas. Otros países ya habían obtenido esa conquista laboral, o por lo menos una reducción significativa en la jornada de trabajo. La jornada laboral de 8 horas era justa, y muchos patrones otorgaron la reducción en la jornada de trabajo, algunas veces a cambio de un ajuste en los sueldos, otras veces sin reducción en el salario.
La manifestación terminaba, y empezó a llover. A Haymarket llegaron 180 policías. El capitán del destacamento ordenó "en nombre de la Ciudad de Chicago", que se disolviera la reunión. Una mano anónima y cobarde lanzó una bomba casera, y mató a un policía. Se dice que el atacante fue contratado por los rompehuelgas para acabar con el problema desde sus orígenes: los dirigentes. Ambos lados se enfrascaron en una batalla campal, y en la confusión algunos policias comenzaron a disparar a diestra y siniestra, con el resultado de siete policías y cuatro trabajadores muertos, además de numerosos heridos. Este incidente se tomó como pretexto para perseguir anarquistas y organizaciones laborales a lo largo del país. La policía saqueó hogares y arrestó a muchos trabajadores, la mayor parte, por sospechas vagas.
El 21 de junio de 1886, ocho líderes laborales (Albert Parsons, August Spies, Samuel Fielden, Oscar Nebee, Michael Schwab, George Engel, Adolf Fischer y Louis Lingg) fueron acusados de conspiración para asesinato por la explosión de la bomba del 4 de mayo. Se comprobó que Parsons no estaba en el lugar de los hechos cuando ocurrió esa tragedia, pero se entregó para estar con sus compañeros. El juicio estuvo plagado de mentiras. El fiscal formó expedientes de miles de fojas de los 31 acusados, mas no pudo formarles una acusación seria con esos datos; optó por juzgar a los 8 líderes por conspiración y llegó al extremo de pedir al jurado: "Castiguen a estos hombres, hagan un ejemplo de ellos, cuélguenlos y salven nuestras instituciones." El resultado fue de siete condenados a la horca, excepto Neebe, condenado a 15 años de cárcel. Neebe describió así los crímenes por los que lo acusaban:
"Vi que a los panaderos de esta ciudad se les trataba como a perros. Y ayudé a organizarlos. ¿Es eso un crimen? Ahora trabajan diez horas al día en vez de 14 o 16 que trabajaban antes. ¿Es otro crimen? Pues cometí otro mayor. Una madrugada observé que los trabajadores cerveceros de Chicago comenzaban sus tareas a las cuatro de la mañana. Regresaban a sus casas hacia las siete u ocho de la noche. Nunca veían a sus familias y sus hijos a la luz del día. Fui a trabajar para organizarlos. Vi a los empleados de esta ciudad que trabajaban hasta las diez y once de la noche. Emití una convocatoria, y hoy están trabajando sólo hasta las siete de la noche y no trabajan los domingos. Esos son mis mayores crímenes."
El caso de Haymarket provocó un escándalo internacional. El gobernador Oglesby recibió miles de cartas pidiendo clemencia para los condenados. El 11 de noviembre de 1886 fueron ahorcados Parsons, Spies, Fischer y Engel. Fielden, Nebee y Schwab lograron conmutar la pena de muerte por cadena perpetua. Louis Lingg, anarquista, prefirió suicidarse en prisión antes que morir a manos del sistema; su muerte fue un último acto de protesta. José Martí, en ese entonces corresponsal del periódico La Nación, de Buenos Aires, Argentina, narró así la ejecución:
"...salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora". Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable..."
Más de 200 000 personas asistien a la procesión funeraria de los líderes muertos. La Barra de Abogados de Chicago condena el juicio, que es calificado como una farsa. En 1893 John Peter Altgeld, el nuevo Gobernador de Illinois, declara la inocencia de los ocho acusados y liberó a los tres sobrevivientes. Altgeld dijo:
"Cuando el juez que actuó en este caso falló que un pariente del muerto era jurado competente, y eso después de que ese hombre declarara ingenuamente que estaba profundamente prejuiciado contra el acusado [...] cuando en una serie de oportunidades afirmó que eran competentes como testigos o como jurados hombres que se proclamaban convencidos de la culpabilidad de los acusados antes de haberlos escuchado [...] ese proceso perdió cualquier semejanza con un juicio justo."
Se construyó un monumento en Haymarket para depositar los restos de los hombres juzgados y honrar su memoria. Más tarde los restos de otros líderes laborales, como Emma Goldman, Bill Hayward y Joe Hill, fueron depositados en el Monumento Haymarket.
A finales de mayo de 1886 varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de 8 horas a varios miles de obreros. El éxito fue tal, que la Federación de Gremios y Uniones Organizadas expresó su júbilo con estas palabras:
"Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical."
En diciembre de 1888 el Congreso Federal de Comercio en San Luis decidió que a partir del primero de mayo de 1890 se realice una manifestación en esa fecha todos los años en recuerdo a la lucha por las jornadas de ocho horas. En 1889, durante el Primer Congreso de la Segunda Internacional Socialista, celebrado en París, se decidió que el 1º de mayo conmemoraría en adelante la solidaridad laboral. Desde entonces la mayoría de los países del mundo celebran ese día a sus trabajadores. Irónicamente, el 1º de mayo no se celebra en Estados Unidos ni en Canadá como Día del Trabajo, sino como Día de la Ley (Law Day). En esos países se otorgó a los trabajadores el primer lunes de septiembre, un día sin significado histórico, para celebrar su día (Labor Day). Nueva Zelanda lo celebra en octubre; en Australia cada provincia lo celebra de manera separada.
La lucha sigue. No sólo Chicago produce Mártires...

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