El Hombre va a la Luna (ii)
En nuestro capítulo anterior:
La carrera a la Luna había sufrido tres importantes bajas en el Apolo 1, pero eso no impidió que la Misión Apolo continuara su curso. El Apolo 7 había demostrado que tres hombres podían vivir en el espacio durante el tiempo planeado para la misión de alunizaje, y el Apolo 8 había despegado sin problemas con rumbo a nuestro satélite natural.
Borman, Lovell y Anders, a bordo del Apolo 8, habían cumplido con todas las labores que les habían sido encargadas, y a las siete horas de haber despegado de Cabo Keneddy habian colocado a la nave en Modo de Rosticería...
Nombres curiosos donde los haya, el Modo de Rosticería (Barbecue Mode en inglés) era llamado de manera oficial como Control Termal Pasivo. en éste modo, el calentamiento de la nave provendría directamente del Sol, y para que el calentamiento fuera distribuido por toda la superficie del Apolo 8 de manera uniforme, la nave giraría sobre su eje longitudinal a la pasmosa velocidad de una revoluciòn por hora. Tomemos en cuenta que el Sol, en el espacio, calentaba las partes expuestas a una temperatura que excedía los 200 grados Celcius mientras que la parte en la sombra tenía unos agradables cien grados bajo cero. Estas temperaturas podrían causar que el cono de calor (es decir, el escudo termal para el retorno) se rompiera, o los tanques de propelente explotaran. EN ese tiempo era imposible obtener un giro perfecto, y más con tres hombres moviéndose en su interior, así que el Modo de Rosticería terminaba describiendo un cono en cada rotación. Este cono debía ser ajustado a través de los cohetes del Sistema de Control de Reacción cada media hora para no perder el rumbo.
Porque el rumbo se perdía, no cabía la menor duda de ello. Estaba el hecho innegable de que la Tierra se movía, la Luna se movía y la nave se movía, y en Tierra también la hierva se movía, pero por causas diferentes (ejem...). La primera corrección de rumbo llegó a las 11 horas de iniciado el viaje. Según las pruebas hechas en tierra, en teoría había una pequeña posibilidad de que el sistema de propulsión de servicio explotara si se utilizaba por demasiado tiempo de manera continua. Para evitarlo, la cámara de combustión debía primero ser preparada, lo que se hacía trabajando el motor por poco tiempo, para que éste se cubriera con una capa de desechos de combustible y se ajustara al régimen de trabajo. Lo mismo que hacemos en tierracon un carro nuevo: lo tratamos como si fuera nuevo por mil kilómetros y vamos ajustando el motor a nuestros hábitos de manejo, a menos que el mismo motor haga variar nuestros hábitos de manejo. Lo mismo allá, sólo que con un motor más rápido y sin una gasolinera cercana a la vista.
La primer maniobra de corrección duró sólo 2.4 segundos y añadió unos 6.2 metros por segundo a la velocidad de vanguardia del Apolo 8. Aquí es donde se apreció el hecho de que fue bueno probar el motor: se esperaba que se agregaran 7.5 m/s en lugar de los 6.2 m/s obtenidos; un análisis posterior indicó que muy probablemente una burbuja de helio en la línea del oxidante causó una menor presión de combustible de lo esperado, por lo que para añadir ese 1.3 m/s requerido la tripulación utilizó los pequeños propulsores del Sistema de Control de Reacción. Para fortuna de los astronautas, la trayectoria y la velocidad fueron perfectas de ahí en mas, por lo que las otras dos correcciones planeadas fueron canceladas. Once horas habían pasado desde el despegue, con 16 horas de trabajo ininterrumpido por parte de los astronautas. Así que le tocaba el turno de dormir al bueno de Frank Borman. Siete deliciosas horas le tocaban... o eso creía.
Uno pensaría que en el espacio todo sería paz y tranquilidad. Pero (ponga su imprecación favorita aquí) los astronautas no estaban en el espacio. Estaban en una nave que viajaba con rumbo al espacio, rodeado de sonidos de ventiladores, crujidos del sistema de control de reacción, sonidos de la computadora y la imposibilidad de descansar la cabeza en una almohada. Y como la Nasa había decidido que por lo menos uno de lso astronautas permaneciera siempre despierto para controlar cualquier eventualidad, a esto se debía agregar el constante parloteo con Control de Misión en Houston. Anders llegó a comentar que se despertaba alarmado cada vez que movía la cabeza, porque sentía que iba a caer al vacío... cosa que en realidad estaba pasando. Una hora de algo que no se puede calificar como sueño después, y Borman pidió permiso para tomarse una píldora para dormir. Y ¡(su imprecación favorita)! no tuvo gran efecto. Peor aún, cuando acabó el martirio de ese primer descanso, Borman se sentía enfermo y vomitó dos veces. Hasta tuvo un poco de diarrea. Y eso no era lo peor: llenó la nave de globulitos de vómito y cosas peores (en palabras de Cata: ¡Yuk!). La tripulación limpió lo mejor que pudo. Borman no quería que el mundo supiera lo que había pasado allá arriba, pero Lovell y Anders de cualquier manera debían informar a Control de Misión. Decir por el canal capcom lo que le había sucedido a Borman implicaba que la transmisión fuera escuchada por los cientos (tal vez miles) de radioaficionados que podían sintonizar ese canal de comunicaciones en particular. Así que se les ocurrió que podían usar el Equipo de Almacenamiento de Datos, el cual servía para que la nave enviara telemetría y comentarios de voz, que era entonces enviada a la Tierra a gran velocidad (para aquellos tiempos, claro). Después de grabar una descripción de lo sucedido a Borman, solicitaron a Control de Misión que analizaran la grabación y que solicitaban una evaluación de los comentarios de audio.
El personal médico se reunió en el segundo piso del Control de Misión en Houston para poder hablar con los tripulantes. El control de misión estaba duplicado para evitar cualquier fallo, y en esa misión el del tercer piso era el utilizado por los controladores de vuelo, mientras el del segundo piso funcionaba como espejo. Así que se realizó una comunicación privada con los astronautas en el control espejo, en el cual se llegó a la conclusión de que no había gran cosa por qué preocuparse: la causa era seguramente una gripita pasajera o una reacción a la píldora para dormir. Un análisis posterior reveló que en realidad Bowman sufría del Síndrome de Adaptación al Espacio, que afecta a uno de cada tres astronautas por unos días, mientras el sistema de orientación del oído interno se acostumbraba a estar en un ambiente de gravedad cero (donde no tienes peso, pero sí toda tu masa, y el arriba y abajo son meros puntos de referencia). Nunca antes se había notado ese síndrome porque ninguna misión había tenido tanta libertad de movimiento.
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¡Y aquí tenemos al afortunado ganador de la semana! Frank Borman, al centro, demostrando que en casa él es el que lleva los pantalones... a la tintorería. Ejem...
Para fortuna de nuestros héroes, el resto de la etapa de crucero del Apolo 8 pasó tranquila y sin incidentes, con la tripulación checando que todo estuviera bien y en orden, y con Lovell y Anders alejándose ligeramente cuando Borman les daba la espalda. La NASA tenía programada una transmisión de televisión a las 31 horas del viaje. Se utilizó una cámara de blanco y negro con un peso de dos kilos (bastante ligera para la época) con dos lentes: uno de ángulo ancho (muy ancho: 160 grados de apertura) y un telefoto (de nueve grados de apertura). En esta transmisión, la tripulación trató de darle un paseo por la nave a los televidentes y mostrarles la Tierra desde muy arriba. Borman describía lo que se veía desde la ventana del Apolo 8 porque, lamentablemente, en la Tierra lo único que veían los televidentes era un disco blanco. A falta de filtros apropiados, la luz de la Tierra saturó la cámara. El hecho de no tener con qué visualizar la imagen hacía que los astronautas apuntaran a ciegas. Y después de 17 minutos de transmisión, la rotación del Apolo 8 debido al Modo de Rosticería hizo que la antena de alta ganancia dejara de apuntar a la Tierra. Lovell alcanzó a terminar la transmisión deseándole a su mamá un feliz cumpleaños.
Para este momento el horario planeado para que los astronautas durmieran había sido hecho bolita y tirado al cesto de la basura. A las treinta y dos horas y media del lanzamiento, Lovell se durmió, tres horas y media antes de lo planeado. Media hora después Anders hizo lo mismo, tomándose una píldora para dormir y --dicen los malintencionados-- recomendándole a Borman que se pusiera un tapón para pasar la jornada. Para este momento, a pesar de dirigirse hacia allá a muy altas velocidades, ninguno de los tres astronautas había visto la Luna. Y es que, de las cinco ventanas que tenía la nave, tres estaban empañadas por culpa del sellador de silicón, que al calentarse con el sol había lanzado algunos gases; y a que la posición de la nave impedía que pudieran ver la Luna desde las otras dos ventanas. De hecho, no fue sino hasta que la tripulación le dio la vuelta a la Luna que pudieron verla en todo su esplendor.
Habían transcurrido ya 55 horas desde el despegue y era tiempo de hacer otra transmisión de televisión. Para entonces, los astronautas se las habían ingeniado para tomar los filtros de las cámaras fotográdicas y montarlas en el teleobjetivo de la cámara de TV. Parece ser que un jovencito llamado Angus MacGyver se enteró de esto y comenzó una fructífera carrera como espía, utilizando como principales herramientas para desfacer entuertos una útil navaja suiza y toneladas de rollos de cinta de ducto. Pero divago. Decía yo que los astronautas tenían que hacer una transmisión de televisión. Ésta vez, el encargado de describir las imágenes fue Jim Lovell, que describió lo mejor que pudo la Tierra, lo que era visible y los colores que se podían ver. Esta vez, la transmisión duró 23 minutos y Lovell ya no le deseó un feliz cumpleaños a su mamá.
Y a las cincuenta y cinco horas y cuarenta minutos desde el despegue, el Apolo 8 entró al campo gravitacional de un cuerpo celeste que no era la Tierra. Si bien técnicamente esto no es correcto (la Luna está en la influencia del campo gravitacional terrestre, y la tierra está en la influencia del campo gravitacional solar, y así sucesivamente) en la práctica la gravedad que ejercía la Luna era mayor a la gravedad que ejercía la Tierra, así que ahora, y para todo efecto práctico, el Apolo 8 estaba bajo control de Selene. Haciendo un poco de cálculos matemáticos, los tres hombres se encontraban a 62,377 kilómetros de distancia de la Luna, viajando a una velocidad de 1,216 m/s; es decir, iban rapidísimo. Increíblemente, el momento les pasó desapercibido a los astronautas porque los jovenazos aún estaban calculando su trayectoria y velocidad con respecto al Cabo Kennedy. Y seguirían haciéndolo hasta que efectuaran su última corrección de curso, cuando cambiarían a un marco de referencia basado en la orientación ideal de la nave respecto a la Luna, y utilizarían por segunda ocasión el motor del Sistema de Propulsión de Servicio para darse un empujón en la órbita lunar. Faltaban 13 horas antes de que estuvieran en órbita alrededor de la Luna.
El mayor evento antes de insertarse en la órbita lunar era la segunda corrección de curso. Ésta debía ser retrógrada, es decir, se debía desacelerar la nave algo así como 60 centímetros por segundo. De esta manera, la distancia a la que pasaría la nave de la superficie de la Luna sería menor, permitiendo que se insertaran en órbita. Exactamente a las 61 horas de efectuado el lanzamiento, y a 39,000 kilómetros de distancia de la Luna, la tripulación encendió el motor del Apolo 8 por 11 segundos. Eso les permitiría dar una vueltecita por la luna a escasos 115 kilómetros de distancia, que en términos astronómicos es como para extender la mano y tocar la Luna. Y sin una atmósfera que te dificulte la visualización, la vista sería perfecta (si descontamos el maldito vaho del aislante de silicón en las ventanillas). Tres horas después, la tripulación se preparó para ejecutar la acción LOI-1: Lunar Orbit Insertion-1, es decir, la primera Inserción en Órbita Lunar de la Historia. No había margen para el error. Muy abajo, y caes a la Luna. Muy arriba, y te vas al espacio sin posibilidades de regresar a Casa. Y peor aún: había que hacerlo en la Cara Oculta de la Luna por culpa de la física mecánica orbital. No sólo ningún ojo humano había visto en vivo y en directo el Lado Oculto de la Luna; tampoco había posibilidades de comunicarse con la Tierra, porque había un estorbo muy grande: la Luna. Qué ironías...
En Houston, el Control de Misión estaba preocupado. Sí, se habían hecho miles de cálculos y simulaciones. Pero, ¿Y si algo fallaba? ¿Y si los muchachos no podían insertarse? ¿Y si no existiera Santa Claus? Se tomó entonces una decisión democrática. La pregunta era un simple "¿Va o no va?" A las 68 horas, Control de Misión les informó que la decisión era "Va, montando el mejor pájaro que pudimos encontrar." (Go, "riding the best bird we can find"). Sesenta y ocho horas con cincuenta y ocho minutos después del despegue, el Apolo 8 se ocultó detrás de la Luna.
Diez minutos antes de la inserción lunar, la tripulación inició un último chequeo de la nave, esperando no tener problemas porque ya no había forma de comunicarse con la Tierra. Verificaron que cada switch estuviera en su posición adecuada, que cada contacto que debía estar cerrado estuviera cerrado, que cada contacto abierto debía estar abierto, que cada luz que debía estar encendida estuviera encendida y que cada luz que debía estar apagada permaneciera apagada, en resumen, que todo estuviera bien. Y entonces los astronautas, faltando dos minutos para iniciar la maniobra, vieron al sol iluminando oblicuamente la superficie lunar. Fue Lovell quien lo vio primero, pero había tan poco tiempo para admirar...
Exactamente a las 69 horas, 8 minutos y 16 segundos desde el lanzamiento, el Sistema de Propulsión de Servicio se encendió por cuatro minutos y 13 segundos, colocando al Apolo 8 y su tripulación en órbita alrededor de la Luna. La tripulación describiría ese tiempo como los cuatro minutos más largos de toda su vida. Y es todo debía ser perfecto, con exactitud milimétrica (a escala espacial, claro está), si no querían ir a visitar Saturno o ver la superficie de la Luna muy de cerca y sin posibilidades de retorno. O incluso hubieran podido haber terminado en una órbita elíptica que hubiera hecho peligrar la misión o incluso impedir que se llevara a cabo. Tras verificar que todo estuviera en orden, los tres astronautas lanzaron un suspiro de alivio y se prepararon para ver a la Luna de cerca durante las siguientes 20 horas.
Mientras tanto, en Houston, Control de Misión seguía esperando. ¿La inserción lunar habría sido exitosa? ¿La Luna ya conocería lo que es tener su propio satélite? ¿se habrán estrellado los astronautas? ¿habrán salido disparados con dirección a Neptuno? ¿Existe Santa Claus? Y entonces, justo en el momento preciso, se recibió una señal proveniente de la nave, indicando que el Apolo 8 mantenía una órbita de 311 por 112 kilómetros sobre la Luna.
Esta historia continuará...
